Proyecto “Un cuento fantástico”
“El pueblo”
Pedro Blasco Ibarra
Martha vivía con James, su marido, y Geena, su hija, de tan solo seis años. Vivían en un pueblecito, bastante alejado de la ciudad.
Se llevaban excelentemente con la poca población que había en el pueblo. Casi todas las demás personas eran de la tercera edad.
Como todas las mañanas, Martha salía a comprar el pan, recién horneado, mientras que su marido bajaba a la ciudad, a dejar a su hija en la escuela y, de vez en cuando, a comprar un cartón de tabaco.
Eran felices allí.
Un buen día, especialmente soleado, Martha despertó. Era más tarde de lo normal, y su marido y su hija ya se habían ido a la ciudad. No la habían querido despertar. James era todo un caballero. Martha bajó a la cocina, y vio que el pan ya estaba comprado. Así que se vistió, se tomó un café y salió a dar un paseo. Paseó y paseó mientras fumaba interminables cigarrillos.
James tardaba en llegar.
Martha decidió ir a casa de su vecina y amiga Helena, con la cual había entablado una gran amistad. Llamó a la puerta de roble maciza, y abrió la puerta Frank, su marido.
— Hola, Frank, ¿puedes decir a Helena que salga?— preguntó Martha.
— ¿Helena? Martha, ¿por quién demonios preguntas? — se extrañó Frank. — No conozco a ninguna Helena.
— ¿Ah, no? Así que Helena no es tu mujer, ¿eh?... ¿Me quieres gastar algún tipo de broma o qué, Frankie? — preguntó Martha de nuevo, sonriendo suspicazmente.- Dile a tu mujer que salga, Frank.
—Martha, yo nunca he estado casado. Parece mentira que vengas aquí, a mi propia casa, y te burles en mis narices de mi soltería.— Frank estaba completamente ofendido, en un tono rojizo invadió su cara. — Debería partirte un rayo, por tu insolencia.
— ¿Pero qué…?— comenzó Martha. Pero Frank cerró de un fuerte portazo.
¿Por qué demonios había dicho Frank aquellas cosas?
Ella no estaba loca, ni se imaginaba las cosas. Frank se casó con Helena años atrás. Muchísimos años atrás. Sin embargo, ahora parecía que Helena no existía, como si a Helena se la hubiese tragado la tierra.
Martha volvió a casa, de nuevo fumando interminables cigarrillos. La alegría la invadió cuando vio el coche aparcado delante de su casa. James había vuelto.
Entró corriendo en casa.
Su marido estaba sentado en el sofá, viendo un combate de boxeo por la televisión.
— James, vengo de hablar con Frank.— dijo Martha, sentándose a su lado en el sofá.
— ¿Ah, si? ¿Y sobre qué habéis hablado? — preguntó James, girándose hacia su mujer.
— Sobre Helena. Ya sabes, su mujer. — comentó Martha.
— Oh, ¿y? ¿Qué tal está? — se interesó James, apagando la televisión.
— Pues bueno, más bien no está. Dice Frank que nunca ha estado casado. — espetó Martha, frunciendo los labios.
— ¿Que dice qué? — James estaba desconcertado. Los ojos parecía que se le saldrían de las órbitas.
— Eso, que nunca se ha casado.
— Ahora vengo. Espérame aquí, voy a hablar con el.— concedió James, sonriendo a su mujer.
Martha sonrió satisfecha, mientras su marido salía por la puerta. Lo siguió hasta casa de Frank y Helena, y lo que vio la hizo ahogar un grito. Donde antes yacía la casa de sus amigos, ahora había un hueco, ocupado por un jardín entre las dos casas.
—Martha, ¿qué demonios ha pasado aquí?¿Dónde está la casa?— preguntó James, completamente asombrado.
—No sé… Hace diez minutos estaba… Yo…—Martha no sabía qué responder.
Pero eso no fue lo único que pasó, no. Aquello solo fue el primer suceso de una serie en la que cada vez mas gente desaparecía, sin dejar rastro, y nadie parecía conocerlos aparentemente.
Desapareció medio pueblo en menos de una semana.
¿Qué demonios estaba ocurriendo?
Martha estaba ansiosa por irse. Sufría crisis nerviosas frecuentemente y no dormía casi nada.
—Vamos, Martha. Será una broma de mal gusto. ¿Dónde se ha visto que las personas desaparezcan de ésta manera?- intentaba consolar James, abrazándola.
—Pues deben de ser muy buenos bromistas, cuando pueden hacer desaparecer incluso las casas.— contestó desafiante Martha.
Y no conseguía calmarse.
No podía, le resultaba imposible.
Temía entrar un día en su casa y que su marido o su hija hubieran desaparecido. Era algo que no podía soportar.
Además, ¿cómo se explicaba la desaparición de edificios y de casas, como bien había expresado a su marido?
Los días pasaban lentamente, y Martha cada día lo pasaba peor. La gente del pueblo la miraba de manera extraña, una mezcla de ira y de empatía, lo cual hacía a Martha ponerse más nerviosa aún.
Ni siquiera se encontraba tranquila en su casa.
Y su peor pesadilla se hizo realidad dos días después, justo el día del equinoccio de verano. Martha se levantó de la cama. Oyó el agua correr en la ducha, por lo que pensó que su marido se estaría duchando. Así que bajó a la cocina, se tomó una tila con un ligero calmante y miró por la ventana. Así se quedó un rato, observando la calle desierta, hasta que se dio cuenta de que el grifo de la ducha continuaba encendido, y el agua corría y corría sin parar. Así que subió y cuando abrió la puerta, la ducha se encontraba vacía, como si la ducha se hubiese encendido sola.
Su marido había desaparecido.
Así que, desesperadamente, fue al cuarto de su hija, donde ésta dormía tranquilamente. La cogió en brazos y corrió fuera de la casa, mientras la niña preguntaba a gritos que ocurría. Por la cara de ésta corrían lágrimas de nerviosismo de ver los gestos de pánico que hacía su madre. Subió al coche, arrancó, y siguió directa la carretera hacia la ciudad, consciente de que todo a sus espaldas desaparecía lentamente, como por acción del viento.
Todo se desvanecía, como en un sueño.